Copacabana

La espera se hacía eterna. Sentado en el bordillo de la acera torpemente adoquinada Sergio no podía dejar de mirar de un lado a otro de la concurrida calle. El mendrugo de pan que mordisqueaba para soportar la espera se había convertido en una pobre manifestación de milagrosas migajas que aún no habían sido engullidas, y para colmo, se estaba meando.
Aquel no era un día más en El Alto, o por lo menos eso le parecía a Sergio. Algo acompañaba al viento que, proveniente de las nieves andinas, recorría el altiplano y se deslizaba entre las calles para ir a estrellarse a los ya de por sí irritados pómulos de aquel ser de ocho años de edad, y era la emoción que como todo el mundo sabe, sólo puede dar ¡un viaje en furgoneta!.
Sus padres no se lo habían querido decir, pero su hermano mayor se había chivado; su padre había comprado una furgoneta para poder ampliar negocio con la carpintería y hoy, justamente hoy, sábado, toda la familia iría a Copacabana para que la Virgen de La Candelaria bendijese el vehículo como mandaba la tradición.
¿Qué dirían sus compañeros del colegio Florez del distrito educativo número 3?, no todos los niños en El Alto podían presumir de llegar al colegio en furgoneta. Ciertamente era un privilegiado, y eso hacía crecer aún más su ego interior, todos le tendrían envidia, y a lo mejor, quién sabe si hasta esa chica de su clase, Daniela, le haría por fin un poco de caso en los recreos.
Tales pensamientos rondaban la cabeza de Sergio, cuando entre la multitud de ponchos y bombines, mezclándose en el bramar de las otras camionetas y los carros, una bocina desenfrenada hizo acto de presencia. Aquel viejo cacharro había sido azul oscuro metalizado en otra era, sin embargo ahora lucía un ajado celeste, picado en algunas zonas por el óxido del tiempo; aun sin lluvia, el padre saludó al hijo desde la distancia dando los limpiaparabrisas a toda potencia, pero Sergio ya no estaba allí. Por fin había podido ir a mear con la tranquilidad de saber que la furgoneta era real.

 

La espera se hacía eterna. Sentado en el bordillo de la acera torpemente adoquinada Sergio no podía dejar de mirar de un lado a otro de la concurrida calle. El mendrugo de pan que mordisqueaba para soportar la espera se había convertido en una pobre manifestación de milagrosas migajas que aún no habían sido engullidas, y para colmo, se estaba meando.
Aquel no era un día más en El Alto, o por lo menos eso le parecía a Sergio. Algo acompañaba al viento que, proveniente de las nieves andinas, recorría el altiplano y se deslizaba entre las calles para ir a estrellarse a los ya de por sí irritados pómulos de aquel ser de ocho años de edad, y era la emoción que como todo el mundo sabe, sólo puede dar ¡un viaje en furgoneta!.
Sus padres no se lo habían querido decir, pero su hermano mayor se había chivado; su padre había comprado una furgoneta para poder ampliar negocio con la carpintería y hoy, justamente hoy, sábado, toda la familia iría a Copacabana para que la Virgen de La Candelaria bendijese el vehículo como mandaba la tradición.
¿Qué dirían sus compañeros del colegio Florez del distrito educativo número 3?, no todos los niños en El Alto podían presumir de llegar al colegio en furgoneta. Ciertamente era un privilegiado, y eso hacía crecer aún más su ego interior, todos le tendrían envidia, y a lo mejor, quién sabe si hasta esa chica de su clase, Daniela, le haría por fin un poco de caso en los recreos.
Tales pensamientos rondaban la cabeza de Sergio, cuando entre la multitud de ponchos y bombines, mezclándose en el bramar de las otras camionetas y los carros, una bocina desenfrenada hizo acto de presencia. Aquel viejo cacharro había sido azul oscuro metalizado en otra era, sin embargo ahora lucía un ajado celeste, picado en algunas zonas por el óxido del tiempo; aun sin lluvia, el padre saludó al hijo desde la distancia dando los limpiaparabrisas a toda potencia, pero Sergio ya no estaba allí. Por fin había podido ir a mear con la tranquilidad de saber que la furgoneta era real.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El trayecto hasta Copacabana, a orillas del lago Titicaca duraba algo más de 3 horas, y por el camino se apreciaban los secos parajes de la altiplanicie boliviana, que coronados por los picos nevados de los Andes, otorgaban a la carretera cierto halo de senda mística de peregrinación. También habrían de parar en el estrecho de Tiquina, donde las barcazas se ocuparían de trasladarlos a la otra orilla, si así lo permitían los dioses del lago. De todo esto hubiera querido ser testigo Sergio, si no fuera porque el sueño le venció tras permanecer toda la noche anterior en vela por la emoción de aquel periplo.
Soñaba con la Copacabana que se había imaginado a través de los relatos de su hermano y de su abuela, pensaba en un sitio idílico, casas blancas al borde del lago de Puma de Piedra, como llamaban los lugareños al Titicaca, custodiadas por los cerros del Calvario y el Kasanani; y en el centro del lugar, subiendo por la calle principal, el templo de la Santísima, con sus paredes impolutas y su imponente entrada ante la inmensa plaza que debía existir a sus pies. Se imaginaba ver animales y personas muy diferentes a él, pues le habían dicho que a Copacabana iban muchos “turistas”, algo que Sergio aún no entendía bien lo que significaba, pero que por lo que decían, eran gentes muy extrañas y que a veces hacían cosas bastante raras.
El despertar no fue tan idílico, su hermano mayor, como no, se acercó sigilosamente, corneta en mano, y cuando estaba justo a su lado, le espetó en la cara toda la potencia pulmonar que pudo haciéndole brincar del susto. Al momento iniciaron una breve pelea en la parte de atrás de la furgoneta que su padre frenó rápidamente con un par de bofetones a cada uno:
- ¡Nada de pegarse, y menos en la furgoneta!, ¿me oyen?
Mirando con frustración y desprecio infinito a su hermano, Sergio se alejó de él en busca del siempre recurrente asilo materno.
En la parte delantera del vehículo se hallaban su madre y la abuela decorando con guirnaldas y flores todo el frontal, los faros y el parabrisas; y es que claro, Sergio aún no se había percatado de que efectivamente, ¡estaban en Copacabana!. Toda la calle estaba repleta de coches, furgonetas, motos, incluso autocares engalanados, el fluir de gente en un sentido y en otro era continuo, y como bien le había contado su abuela, había individuos muy raros y muy diferentes. Las casas no eran exactamente como las había imaginado, de hecho eran bastante parecidas a las de El Alto, de ladrillo desnudo y no muy altas, aunque sí es verdad que si te fijabas bien, podías ver algunos verdaderos palacios, si bien es verdad que todos se llamaban igual, HOTEL. Sergio no cabía en sí de gozo, todo era nuevo para él, cada cartel y cada persona le resultaban interesantes y enigmáticos.
Desde donde estaba podía vislumbrar entre los edificios una pequeña porción azul del lago y como niño que era, la curiosidad le venció y quiso ver más de cerca aquel gran Puma de Piedra.
Corrió sin cesar calle abajo esquivando todo tipo de obstáculos y, sin percatarse de los gritos de advertencia de su madre sorteó una camada entera de perros y logró reponerse sobre la marcha a varios tropezones que le causó el mal asfaltado de la calzada, pero todo fue poco ante el espectáculo que de repente contempló.
Ante él se expandía la mayor extensión de agua jamás vista en su corta vida, era impresionante, “¡cuánta agua!” –pensaba- , “no sé cómo será el mar, pero debe ser muy parecido a esto”. Las difuminadas montañas, ya del Perú, que se adivinaban en el horizonte, ponían límite al inmenso tapiz azul en cuya superficie flotaban cerca de la orilla alrededor de cincuenta barcazas. El aroma de la famosa trucha del Titicaca que venía de un bar cercano otorgaba al aire un aroma especial, era una delicia para los sentidos contemplar aquel paisaje.
Se acercó a la orilla y durante un rato jugó al “pilla-pilla” con las pequeñas olas que se formaban continuamente, curioseó entre las barcas amarradas en el rústico puerto; redes y demás aparejos era la primera vez que los veía y no paraba de preguntarse cómo habría que usar aquellos instrumentos para sacar los peces del fondo del lago. Aún estuvo un buen rato investigando cuando de pronto se percató de que su madre estaría preocupada, y además no quería perderse el ritual de rociar con champaña y cerveza la furgoneta.
Desde donde estaba varias calles arrancaban la cuesta hasta el templo de La Candelaria, y todas ellas rezumaban semejante actividad. Sergio quiso recordar que había llegado a la playa a través de aquella que poseía un pequeño hostal en primera línea costera y puesto que tan convencido estaba, emprendió la búsqueda de su familia calle arriba.
Caminaba atento a toda la gente que podía, por si entre ellos estaba alguno de sus familiares, procuraba diferenciar también la furgoneta, aunque resultaba complicado, ya que todos los vehículos estaban tan cargados de guirnaldas, flores, amuletos y demás abalorios que eran casi irreconocibles. De repente llegó a una pequeña plaza con una fuente de piedra en el medio y fue entonces cuando de verdad se asustó. Aquel rincón no lo recordaba.
Una sensación de vulnerabilidad le invadió de repente todo el cuerpo y el pánico le paralizó las piernas, todo el mundo alrededor le ignoraba, pasaban de largo ajenos a la agonía que Sergio sufría y de pronto, fruto de esa presión que le hacía vacío en el estómago hizo lo único que el instinto le llevó a hacer: llorar como no había llorado en su vida. Definitivamente, se había perdido.

¡Qué lagrimones!, por diez minutos lloró sin parar, la fuente que tenía al lado se había convertido en una mísera emanación en comparación con los irritados ojos de Sergio. Cuando parecía que iba a parar, los llantos se recrudecían hasta que de pronto una de las muchas personas que pasaban por allí se paró, miró enternecida al pequeño y se acercó a él.
En aquel momento Sergio, que sólo veía las extrañas lucecitas que se forman cuando uno se frota insistentemente los ojos, sintió un tímido contacto en el brazo y una voz ininteligible que trataba de decirle algo. Poco a poco fue recuperando la vista hasta que aún conmocionado se dio cuenta que era una mujer joven, rubia, de piel pálida; vestía camiseta y pantalones de vivos colores y cargaba una mochila, se trataba sin duda de una “turista”.
Sergio no entendía nada de lo que le decía. Un compañero de la muchacha, también rubio pareció reprenderla por algo, ella le respondió enérgica y al momento se sacó una cámara digital del bolso, abrazó a Sergio y el acompañante les hizo una foto a regañadientes. Con las mismas se sacó unas monedas de otro bolsillo y se las dio a Sergio, que perplejo y aún gimoteando, se quedó otra vez solo sin saber bien qué hacer con ellas.
Aún estuvo unos cuantos minutos allí quieto, esperando a que algún ángel le llevara con su madre, pero nada ocurrió. Sabía que la iglesia mayor estaba en la parte más alta del pueblo, así que guiándose por su intuición y por la marea de gente emprendió camino calle arriba.
Cuando el desánimo de pensar que no volvería a ver a su familia más le acuciaba, Sergio llegó a la plaza del santuario y una nueva esperanza resurgió en él, seguro que La Candelaria le ayudaría a encontrar a su madre.
Se encaminó a la iglesia, que en ese momento estaba siendo desalojada por los feligreses de la misa de 11. Sorteó a las viejas, porque en su mayoría eran viejas y tímidamente entró en el templo. El incienso aún flotaba en el aire y algunas beatas ya se disponían a recolocar los bancos para la celebración que tendría lugar en un rato, Sergio se dirigió al altar y allí ante la pequeña imagen de oscura madera se arrodilló y suplicó con toda la fe que pudo.
Cuando llevaba ya cinco Padres Nuestros y cuatro Ave Marías una mano se posó en su hombro, y por una milésima de segundo pensó que el milagro se había cumplido, pero una voz masculina derrumbó la ilusión de un plumazo. - ¿Qué se te ha perdido, hijo? -preguntó el sacerdote-
- Yo mismo, padre
El cura contempló con lástima al pequeño
- ¿Te llamas Sergio, verdad?
- Sí padre, ¿cómo lo sabe?
- Porque me lo ha dicho La Candelaria que vela por todos nosotros –le susurró al oído-
Sergio no sabía si reír o llorar, parecía que sus súplicas habían sido escuchadas.
Sin dejar de mirar a la pequeña imagen que permanecía imperturbable en el altar, Sergio acompañó al sacerdote a través de la sacristía, entraron en un pasillo y fueron hasta el fondo, donde una solitaria silla guardaba la entrada a otra habitación.
- Siéntate aquí y espera. -ordenó el cura antes de cruzar la puerta-
Sergio obedeció y esperó mirándose los zapatos a que algo ocurriera.
Pasaba el tiempo y aquel sitio le parecía cada vez más siniestro, sólo se oían ecos lejanos, chirriar de sillas y alguna que otra voz.
Cabizbajo en la silla, pensaba en todo lo que había visto ese día, había montado en furgoneta, ido nada menos que a Copacabana, visto el gran lago de Puma de Piedra, conocido a unos de esos “turistas” y ahora se encontraba en manos de La Candelaria, con la sensación de encontrarse en un limbo, juzgado por haber desobedecido las advertencias de su madre.
La repentina apertura de la puerta le sobresaltó
- En un rato tu mamá vendrá por ti, no sabes todo lo que ha luchado por encontrarte. Gracias a Dios, La Candelaria le dijo que tú vendrías al templo y yo ya te esperaba de un momento a otro. Ahora reza para agradecer a la Virgencita que te haya salvado y espera aquí sentado.

No podía ser verdad, todo había terminado por fin, la Virgen supo que Sergio iría a la iglesia para pedir ayuda y había avisado a su madre. Verdaderamente era un milagro, sus compañeros del colegio no se iban a creer la aventura que había vivido. Sergio se imaginaba la cara de asombro que pondría Daniela al contarle cómo se enfrentó a los peligros de verse perdido en Copacabana cuando de repente la puerta del fondo se abrió. Allí estaba.
Viendo a su madre acercarse con el paso acelerado entre sollozos Sergio comprendía apenas sin darse cuenta de ello, que era aquella mujer la que de verdad debía de haber vivido una gran aventura aquel día, la que con o sin ayuda de la Virgen había aguantado la desesperación de perder un hijo en una ciudad como aquella y había sabido predecir sus pasos, la que había alertado al sacerdote y al prefecto, a la guardia y a las tenderas de la plaza.
Con todo ello, la única duda que reconcomía a Sergio en aquel momento era si sería recibido con un tierno abrazo o con un bofetón, así que entrelazó sus manos, bajó la cabeza y se encomendó a la Virgen de La Candelaria.

Iván Fernández Prieto

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